Fuera de carta
Autor
Héctor Hernández
17 de marzo de 2021

Amor matemático

Cuando se pueda visiten La Rioja, un lugar maravilloso y rebosante de gastronomía por todas partes. Un territorio singular donde trabajadores incansables enaltecen día a día el mejor producto.
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Cuando uno se aproxima al universo de estrellas de la cocina encuentra de todo. Las redes sociales son hoy un escaparate y canal estupendo para la gran mayoría de ellos, ideales para estar al día de su opinión en los más variopintos temas, y también un pequeño esbozo virtual de su forma de ser que por lo general suele tener continuidad en el contacto directo. Francis Paniego es un tipo muy activo en las redes sociales. Tiene sus ideas y principios con los que comulgas más o menos, imagino que como en todos esos temas trascendentales de la vida y proclives a dividir, que trata sin pelos en la lengua, guste o no guste. Siempre he pensado que es de esas personas que dan vidilla a tanto mensaje vacío y absurdo, y que eso debe guardar mucha relación con lo que hace cada día en su restaurante, que no conozco.

Él ha sido uno de los cocineros más visibles en los medios de comunicación de nuestro país defendiendo la hostelería, o eso me ha parecido. Siempre ha estado ahí, reclamando, exigiendo lo que considera legítimo y criticando cuando ha creído ver las cosas mal hechas. Podrías estar de acuerdo con lo que decía o no, pero no ha dudado un segundo en defender sus convicciones. Francis, estos doce últimos meses, imagino que impulsado por la desesperación, la impotencia y el negro futuro, ha abrazado diferentes extremos de opinión como haríamos todos al ver la situación sin entender los motivos. Sin conocerlo, se merece mi absoluto respeto y consideración ya no solo como cocinero, sino también como persona regida por el sentido común de su proceder.

Quizás yo piense que se equivocaba al no ver la relación entre hostelería abierta y aumento de contagios. Supongo que porque duele creer que algo tan digno como trabajar para los demás sea perjudicial. Porque hiere ser señalado sin motivo. Porque tu sentido del compañerismo bien entendido te lleva a pensar que tu exquisita precaución es compartida por otros. Porque es inconcebible depender de decisiones de terceros que no parecen ver todas las consecuencias. Porque no hay alternativas y ayudas que sí existen en media Europa. Porque es descorazonador comprobar que el trabajo infinito en lo que te apasiona no basta para salir adelante. Francis es una víctima más que sufre, y no en silencio, la realidad que nos ha tocado vivir. A veces duele y mucho encontrar en las explicaciones más simplistas las causas de nuestros problemas y en este caso más. Tanta literatura para terminar en las matemáticas como respuesta.

Que la hostelería se consolide cada vez más como un factor e indicador relevante en el índice de contagios es una fatídica noticia para los amantes de las cosas del comer, pero no es culpa de Francis ni de la alta restauración, un pequeño porcentaje en nuestro país. Quizás tampoco del resto de la hostelería, una mayoría silenciosa y abrumadora donde las medidas de seguridad por simple estadística no se cumplirán con la misma rectitud, sin entrar aquí a contar cosas que todos vemos a diario. Es nuestro propio estilo de vida. Es la actividad más esencial y primaria, no su arte y ciencia. Abrir la boca, chascar a dos carrillos, reír, gritar o celebrar son factores de riesgo, como lo parecen ser bailar o manifestarse. Muchos sectores están afectados y señalados por concepto: la planta hotelera y de alojamiento, el sector del taxi y el transporte, el ocio nocturno… ¿A quién reclamar porque bailar pegados, viajar mezclados o dormir juntos, actividades simples y comunes, sean un potencial peligro para la salud pública? Es la propia naturaleza de la actividad la que viola toda precaución posible frente a un nuevo peligro, invisible y caprichoso, que ni en el mejor laboratorio del mundo se hubiera podido diseñar con semejante efectividad a la hora de destruir lo que conocemos como libertades individuales, derechos y disfrutar de la vida.

Ir a un restaurante implica estar en un lugar muchas veces cerrado, hablar, quitarnos la mascarilla puntualmente para comer, conversar a corta distancia... Y si esto no está claro o puede dejar de estarlo, se recurre a las estadísticas y a la opinión más versada sobre el tema, se compara tanto como haga falta y se decide, cambiando de opinión por el camino sin remordimientos. Si cerrar detiene la interacción social allí donde más se produce (en nuestro caso los bares y restaurantes de nuestras calles y ciudades) reduciendo los contagios, y abrir multiplica esa interacción y los aumenta, no hay mucho más que añadir. ¡Ah! Y estad tranquilos, porque diría que todos los que conocemos La Rioja y su gastronomía mantenemos intacta su impecable imagen y las ganas de regresar, por muchas notas de prensa que busquen lo contrario.