No hay Ruavieja en Miami

Artículo de Lakshmi Aguirre
De pronto, sabes. La mesa vacía no suele dejar escapatoria. Ni siquiera cuando es la de los demás.No hay Ruavieja en Miami.
Por Lakshmi Aguirre
07 de junio de 2022

Recuerda ella: —En Leipzig lo teníamos todo.

—¡Qué íbamos a tener! —él—.

—Es que malvendiste la casa de Miami. Y el velero. ¡Ay, el velero! ¡Qué quebraderos de cabeza!

—Pero yo al menos ganaba dinero.

—¡Qué ibas a ganar!

—Nos compramos la casona de Torrelodones. Y luego Miami. Y luego Marbella.

Dice él, mientras ella alarga el brazo por su espalda y le acaricia la nuca.

—Pero fuiste tú quien me engañó primero.

Cae una losa. Te roza incluso a ti que atiendes desde atrás a su conversación. No se mueven de la silla, pero en ese silencio los visualizas intentando cerrar una puerta que el viento ha abierto de golpe. Han cenado ostras en el paseo, los dos de cara al mar, desde una pequeña mesa de estilo francés, de esas redondas y minúsculas que has visto en el cine. Comparten una copa de licor de hierbas que, comentan, extrañan en Florida. Los dedos de ella todavía se mecen tras su cabeza, como si fueran ajenos a la conversación o pertenecieran a otra mano, a otra mujer. Registras la escena porque tienes la manía de escribir incluso cuando no estás escribiendo.

El matrimonio te recuerda a esa fotografía de Martin Parr en la que otra pareja de edad avanzada ocupa frente a frente un comedor de tonos pastel que parece sacado de una película de Aki Kaurismäki. Él lleva el traje de los domingos como todos los domingos. Tiene la mirada fija por encima de su mujer y un cigarro apesadumbrado entre los labios. Ni siquiera se ha sacado las manos de los bolsillos, al igual que un estudiante que todavía sin desperezarse aguarda en la estación a primera hora de la mañana. Ella observa su anillo de casada y juguetea con él mientras, supones, esperan a que alguien les sirva el almuerzo. Lleva aún el abrigo puesto y parece que en un arranque se vaya a levantar y a marcharse -pero a dónde-.

Si no sostiene alimento, la mesa es precipicio.

Desde la tuya, te estremeces al pensar que puedes convertirte en ellas. La que perdió un velero, la del sempiterno abrigo de paño. En que llegarás a no tener el hambre que tenías. Te dirán que el tiempo y que la comodidad, que el silencio es también algo que llevarte a la boca. Escuchas su aclarar de garganta, el mismo que durante la madrugada te desvela y te recuerda que hay un cuerpo junto al tuyo y que está ahí ahora también, con su sangre y sus tendones en una mesa todavía vacía de cara al mar.

Y cae tu losa. Enroscas la servilleta entre los dedos y pides un licor de hierbas al camarero uniformado. Porque, ya lo sabes, no hay Ruavieja en Miami. Estarás muerta, pero seguirás comiendo.