Los Cocineros del Fin del Mundo

Artículo de Fernando Huidobro
Una tarde en casa: "¡Cariño, ven, sal! ¡El sol se ha apagado!". Así fue. Ningún click lo volvería a encender. A los días todo se había congelado. La naturaleza aún estaba allí, pero sin vida. Era el fin del mundo como lo conocemos.
Por Fernando Huidobro
25 de enero de 2023

Millones fueron muriendo. La catástrofe cósmica fue terrible. Entonces, como solución, según la teoría fantástica tardeana, la humanidad no saltó al espacio exterior, sino al interior. La salida estaba bajo tierra. Arriba fue abajo. Los sobrevivientes, caquécticos, siguieron a sus líderes en este éxodo subterráneo donde encontraron la viabilidad de vida que ansiaban. Amparados por la alta tecnología, la ciencia, la ingeniería, la técnica y la sobrada energía ígnea que emana del núcleo terráqueo, en breve dispusieron de todo tipo de comodidades y prosperó una nueva civilización que abandonó el tráfago económico-mercantil y comercial, así como el culto al trabajo y dedicó su afán al cultivo interior y el refinamiento, las artes y el ocio.

Todo estaba en su sitio y bajo control para una humanidad reducida, pero esperanzada y feliz del desenlace de esa apocalíptica tragedia que había sido superada. Ninguna grave preocupación les amenazaba. ¿Ninguna? Bueno sí, una se cernía a medio plazo sobre ellos: la alimentación.

Hasta ahora y para un cierto tiempo venidero, todo había ido e iría a las mil maravillas, pues iban tirando de congelados y cocinando como siempre, poco había cambiado en su dieta, despensa y hábitos culinarios. Su congelador no era otro que la antiguamente habitada y viva superficie terrestre; allí yacía ahora toda la naturaleza muerta que había quedado súbitamente atrapada en el hielo. Esa despensa era, por tanto, tan variada, rica y cuantiosa como antaño. Solo tenían que ascender, servirse a su antojo y descongelar, pero eso no duraría por siempre. Las reservas eran limitadas.

Había que ir encontrando soluciones. En primer lugar, para nutrirse y sobrevivir y llevar la vida sana, plena y longeva que correspondía al nivel tan avanzado, equilibrado y sostenible que había conseguido esta nueva humanidad bajo su viejo mundo, hoy extinto. Pero esta cuestión no era en el fondo el gran problema, pues los químicos tenían las fórmulas para sintetizar, con lo que el subsuelo les proporcionaba, esos elementos alimenticios básicos que garantizaban la supervivencia del género humano. Sí, las piedras les proporcionarían su sustento primordial.

Pero esta civilización ex novo requería de mucho más. Su lifestyle exigía una gastrosofía superior, una gastronomía refinada que sustentara no solo sus cuerpos sino también su espíritu, que complementara y completara su vida de ocio y cultura, una comida trascendente que recreara y evidenciara su humanidad, que les proporcionara ese valor añadido de los sabores del saber comer: necesitaban de la buena cocina, necesitaban de los mejores cocineros.

Se requería de maestros de cocina que fueran capaces de aprender, analizar y hacer uso de los productos que el subsuelo y la minería ponían a su alcance, que pudieran aplicar su conocimiento previo, su imaginación, su creatividad y cientificismo para desarrollar La Nueva Cocina Mineral. Unos cocineros cómplices de la espeleología que cocinaran lo inorgánico, sublimaran el séptimo sabor: el mineral, domesticaran la consistencia y blandearan la dureza de la piedra. La humanidad precisaba de héroes que la salvaran del insuperable hastío de una comida inanimada, insulsa e insustancial que la conduciría al abismo de la desgana de vivir. Solo los mejores entre ellos sabrían cocinar este futuro, pero allí estaban ellos dispuestos y confiados en su potencial, porque recuerden: el techo de un cocinero solo es el suelo de otro.

¿Conseguirán los cocineros del Fin del Mundo superar el reto y salvar a la humanidad?

Continuará…

*Con una gran ayuda de mi amigo Gabriel Tarde y su obra "Fragmentos de la historia futura", que plagió descarada y subrepticiamente.